lunes, 21 de mayo de 2012

Montañita, Ecuador.

Qué ser humano no ha soñado alguna vez con encontrar un lugar donde las playas son cálidas, las fiestas eternas, la selva frondosa y las cervezas baratas? Evidentemente no hablo de Ibiza, por las dos últimas razones. Ah! Olvidaba el tema sexual. Un israelí tope cachas presume a mi lado de haber estado con ocho chicas en dos semanas. Le regalamos un gallifante? Cuando vuelva a su querido país le enviarán a machacar palestinos como si nada. Perra vida. Que me desvío del tema. Ese lugar existe. Está en Ecuador y se llama Montañita.
En un principio fue una comuna de pescadores que se vio invadida por hippies. Hoy sigue siendo lo mismo, pero invadido por jóvenes sedientos de alcohol y sol. García Márquez debió basarse en este lugar para sus novelas de realismo mágico, pues en Montañita todo es posible, menos salir de allí. Sus abarrotadas y pequeñas calles están repletas de puestos. En ellos encuentras todo tipo de combinaciones alcohólicas imaginables, servidas por monos mayordomos, enanos surferos y perros de tres patas. Hay quién llegó siendo un niño al lugar, con sus inocentes padres, y los abandonó por un chupito de tequila. Hoy día esos niños han crecido, viven en las rocas próximas a la playa y solo se alimentan del sol, como las plantas, y la sal del mar. También de la sangre y estupidez de las desnortadas gringas. Algunos llegan a alcanzar los cuarenta años y un escaso metro y medio de altura. Ver para creer.
La cercanía de la selva hace que los hostales se conviertan en auténticos zoológicos. Lluvias de grillos, arañas como manos, ratas correteando entre tus piernas. Pero todo muy sano, muy natural. Encontrar una iguana comiendo de tu plato o metida en tu cama no es nada extraño. Está dentro del servicio, como la lavandería o el desayuno. Es como si al bosque tropical le hubiera crecido un grupo de casas antes de encontrase con el océano pacífico. Es su terreno, son sus normas.
Es increíble adentrarse en el mar y observar como los pelícanos pasan a escasos metros de tu cabeza, directos a las montañas. Majestuosos, con la cabeza bien alta y un vuelo elegante. Mientras, en la playa de finísima arena, los vendedores intentan convencerte de que te tatúes una morsa en un glúteo, te pongas una horrorosa pulsera en el tobillo ( y si llevo calcetines?) o te comas una empanada de ligero color verdoso. Eso sí, siempre con una sonrisa. Las pulseras de Carlitos y su magnífica presentación, con banda sonora incluida, son de lo mejor de Sudamérica.
En definitiva. Si te gusta la noche, el surf y el mundo bicheril, éste es tu sitio. Si no es así, mejor espera hasta el domingo. Hay ley seca en Ecuador. Los bares no sirven alcohol y así es más sencillo escapar. Porque si cae la primera cerveza...ya no paras. No te das cuenta y llevas tres años haciendo lo mismo. Con una resaca eterna, una bandeja de pasteles y paseando playa arriba, playa abajo, más moreno que nuestro Julio Iglesias. A un dolar el dulce. Montañita es diferente. O la amas y acaba coontigo, o la detestas. Toda una experiencia.

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